Opinión: Carta abierta a nuestros gobernantes. "Queremos convivir" - Por Kurt Ottosen

 

El autor, Kurt Ottosen, se pregunta: "¿Es coherente encerrar a la población sana? ¿Nos vamos a volver a esconder de la vida o vamos a convivir con el virus?".


Nadie esperaba una pandemia, nadie, cuando vimos lo que sucedía en China lo tomamos quizás hasta con algo de gracia, los memes sobre la famosa "sopa de murciélago" abundaban, pero con el tiempo todo fue cambiando, nos dimos cuenta que lo que estaba en China ya no solo estaba en China, estaba en todo lados, empezaba a llegar a otros países, empezaba a acercarse, nos sentíamos en peligro, con miedo, pero sobre todo con incertidumbre y angustia, una angustia de no saber a qué nos enfrentábamos, a quienes afectaría y mucho menos cuanto duraría.

Hace tan solo 8 días se cumplió un año del anuncio de la cuarentena en Argentina, una cuarentena que todos apoyamos en un primer momento, y me incluyo, incluso con unos amigos decidimos sacar el hashtag "#AlbertoYoTeBanco" porque nos parecía necesario colaborar desde nuestro lugar a que la ciudadanía más reticente a las restricciones acompañase una paralización general de corta duración a fin de preparar el deficiente sistema sanitario argentino ¿cómo podríamos oponernos a eso? Era imposible, Argentina necesitaba frenar lo infrenable, el tiempo. Si la pandemia nos agarraba "en bolas" hubiese sido mucho más catastrófica, sin dudarlo ni un segundo acompañamos al presidente, la población casi en su totalidad lo hizo, esperanzados en armar un frente de lucha, un bastión sanitario, para luego convivir con el virus, hasta que tuviésemos inmunidad o bien apareciese una vacuna. Pero eso no sucedió.

Convivir implica vivir con algo más, con alguien más, pero los días pasaron y la cuarentena ya no era una herramienta para preparar el sistema sanitario y ganar tiempo sino que se convirtió en el único remedio del gobierno, no solo remedio sanitario sino también político/judicial, y lejos de vivir con el virus nos escondíamos de él, no nos cuidábamos, sino que nos escondíamos, nos encerramos, literalmente en nuestras casas, salir a la calle era una osadía, la salud física y mental se nos destruyó, a tal punto que la gente dejó de hacerse chequeos médicos y las muertes por enfermedades ajenas al coronavirus aumentaron. Y algo peor, las detenciones y asesinatos en democracia volvieron y con ellos el pánico.

Recuerdo a mi padre, uno de esos hombres que no lloran nunca, verlo al borde del llanto por no saber como trabajar, como seguir adelante con una empresa de seres vivos a la que llegar era una osadía, momentos en donde subirse a un vehículo para ir a trabajar con mi madre, con quien duerme todas las noches, estaba prohibido, al igual que con mis hermanas, sus hijas, o conmigo, su hijo, con quienes convive los 365 días era un delito.

Las restricciones eran cada vez más absurdas. Absurdas de entrada por establecerlas para todo el país por igual cuando en lugares como San Rafael, Mendoza, pasamos más de 130 días sin casos de covid positivo, destruyendo nuestra salud y economía sin sentido alguno, pero también absurdas por sus supuestos efectos, en vez de ampliar horarios de atención para evitar aglomeraciones los redujeron. A ver... sentido común, si tienes 100 personas que pueden salir en cualquier horario es mucho menos probable que se crucen en la calle/comercio que si haces salir a las 100 personas en un horario determinado y acortado. O restricciones como la terminación de D.N.I, en donde una familia en la cual la terminación era la misma no podían salir a comprar comida si les hacía falta el día que no les tocaba, y al revés también, en donde el hijo y la madre tenían diferente terminación y no podían comprar un par de zapatillas con tarjeta porque un día tenía que elegirlas el pibe y al otro ir la madre a pagar. Y ni hablar de los permisos de circulación que todo el tiempo los cambiaban y para completarlos casi que hacía falta hasta una muestra de orina, algo incompletable para quien lamentablemente se desempeña en el sector informal.

Evidentemente hicimos muchas cosas y nuestra vida cambió, sobre todo la de los más viejitos que quedaron solos, sin visitas, y la de los niños que perdieron su educación, la educación de los primeros años que es la más importante de todas, pero en estas cosas que hicimos, hay una que no estuvo jamás y que ahora que más o menos la habíamos obtenido nos la quieren volver a quitar, convivir con el virus en lugar de morir por temor a él.

Durante este año fallecieron conocidos, amigos y familiares, algunos por coronavirus y otros por cuestiones de la vida misma, y a pesar de que los casos a los que me refiero no tienen conexión directa entre sí, si tienen algo en común, sus últimos días los pasaron encerrados, presos de vivir.

El covid-19 llegó para quedarse, incluso para sumar algunas nuevas cepas, hoy no tenemos vacuna para todos (ni todas) y no se sabe cuándo las tendremos, pero hay algo que sí se sabe y es que probablemente los grupos de riesgo se tengan que vacunar todos los años, como con la gripe. Entonces... ¿es coherente encerrar a la población sana? ¿Nos vamos a volver a esconder de la vida o vamos a convivir con el virus?

Por cuidado, surte o destino aún no me he enfermado, ojalá no me enferme nunca o si lo hago que me sea leve, pero se que a pesar de mi corta edad me puede costar la vida, el covid es casi una ruleta rusa, hay casos que no nos dejan de impactar; pero a pesar de esto hoy redacto estas líneas para pedirle a nuestros gobernantes que no nos encierren, que no nos restrinjan. La culpa no es de los runners, ni de los jóvenes ni de los gastronómicos. El cuidado debe ser personal y con la responsabilidad de no poner en riesgos a terceros, pero no puede ir más allá. No podemos bajar persianas, cerrar aulas ni enterrar personas en soledad, necesitamos vivir, porque si no morimos de covid lo haremos de hambre, lo haremos de ignorancia o lo haremos de angustia, pero lo haremos, y créanme que no queremos eso. Como dijo San Martin, "seamos libres, que lo demás no importa nada", aunque hoy yo le agregaría "y sanos", libres y sanos, pero seamos, vivamos y convivamos.

Por eso les pido por favor, les suplico, señores gobernantes, que no nos vuelvan a encerrar, a esta altura es imposible de acatar.

Queremos y necesitamos convivir.

Con afecto, Kurt Ottosen.

 

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