Para leer, ver y escuchar: `La bufanda azul´, de Santiago Clément

 

Un viejito se enreda en los espacios de su casa y en los vericuetos de la memoria, lo que lleva a explorar espacios subterráneos y misteriosos, recuerdos de un amor, caricias y juventud. Un viaje literario, musical y visual que nos invita a navegar los juegos de la memoria, las curiosidades de la mente y los enternecernos con las particularidades de la vejez. Cuento fantástico de Santiago Clément, con banda sonora de Francisco Olivera e ilustración de Lucía Colombo.


 

 

La bufanda azul, la bufanda azul ... dónde dejé la bufanda azul. Abrí la puerta del placar, corrí las camisas, busqué detrás de los sacos; di un paso para llegar con mi brazo hasta el fondo, hasta tocar la pared, hasta rascar con la uña la tiza de la pared, pero en cambio una frescura de invierno allí en la yema de los dedos, y doy un paso más, y avanzo. Atravesado las camisas y los sacos; aún no toco la pared; en cambio siento con el pie que el suelo desciende; tanteando descubro que hay una escalera de escalones tan gastados que han perdido la forma; bajo por ella. En las paredes grises de hongos y líquenes, más adelante, hay separadísimas unas tímidas bujías empotradas en el muro. Mi bufanda azul, creo haberla dejado en este placar; con ella me veo tan a gusto, porque rejuvenece mi viejo cuerpo y le da vivacidad a mi aspecto, y al caminar con ella voy dejando al pasar como una traza de luz, y la gente sonríe detrás de mi bufanda azul. Llegué a un pasillo largo que desembocó en una especie de gran sótano. Pero el espacio parece tan amplio que no estoy seguro que tenga límites. Escuchó unos sonidos, un murmullo de fondo. Descubrí luego que el murmullo era un correr de agua. Me acercó y llegó a un charco; tiene una luz tenue que parece como surgir de la línea superficial del agua. Nadan allí unos pececillos de ojos enormes, avanzan y regresan, avanzan y regresan. Hacia el fondo, el charco parece extenderse y perderse en una bruma de vapores. Continuó mi camino dejando el lago detrás. El suelo está cubierto de hojas muertas, y aroman mis pasos a hongos y ciempieces, a esa brisa que sabe exquisita al atravesar los cabellos imposiblemente finos de Ana, o de Laura ... o de Ana Laura ... de ella, en fin, la mujer del perfume, de cabellos atravesados ​​por la brisa, que deja en mi boca un vapor de flores, de caricias en el cuello. Llegó a un gran muro, un acantilado de tierra dura que se eleva no sé hasta dónde. Se ha puesto oscuro porque las estrellas, que eran más bien como soles lejanísimos, se han dispersado. Hay en el acantilado una escalera fría por la que voy ahora subiendo, mis dedos se cierran en el material húmedo, siento entre ellos el pegote del óxido, siento como si estuviese subiendo por una alcantarilla. Abro una tapa y atravieso la cabeza, siento un olor conocido, una comida, un fideos con salsa. Está completamente oscuro, al tantear con las manos tocó como trapos, repasadores, y algo que parece ser de paja tejida, como una canasta o un apoya fuentes. Me doy cuenta entonces que llegó a la cajonera de la cocina, al tercer cajón precisamente, porque allí guardo los repasadores y los apoya fuentes. Empujo el cajón y salgo al fin hacia el aroma cotidiano del café, hacia el ruido perpetuo de la heladera, hacia el helecho que porfía en crecer hasta alcanzar la enredadera. Creo que estaba buscando algo en el cajón de los repasadores ... pero no recuerdo qué; en realidad quizás no estaba buscando nada ... pero entonces para qué lo abrí. Un hombre en un camino infinito entre dos cortinas de gigantescos árboles; antiguos y hermosos, arrullados de otoño, y el cabello de una mujer que ondula en la brisa dejando un aroma. Al darse vuelta la mujer tiene el rostro mezclado, y el aroma son hojas, o flores, o caricias. Y detrás de ella camina el hombre, él imagina que la cortina de árboles es infinita, y que no acabará nunca y podrá estar allí para siempre, caminando detrás de la mujer de las hojas y los aromas, y el hombre, vestido de gris, acomodando la bufanda y avanza, dejando al pasar como una traza de luz tenue. Pero no recuerdo, no recuerdo qué vine a buscar al cajón de los repasadores; y no entiendo por qué guardé aquí, mi bufanda azul.

 

Por Santigo Clément // Banda sonora:  Francisco Olivera // Ilustración: Lucía Colombo.


 

 

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