Para leer, ver y escuchar: `Cosas que pueden sucederte trasplantando un Ficus´ - Por Santiago Clément

 

Hay tareas que son tremendamente complejas, como trasplantar un ficus a una maceta nueva; algo que puede llevarnos a explorar desconocidas e inesperadas dimensiones del universo y de nuestros propios interiores. ¿Nos atrevimos a sumergirnos alguna vez en las macetas de nuestros balcones, a penetrar en las dulces sabias de nuestras hermosas plantas? Cuento fantástico de Santiago Clément, con banda sonora de Francisco Olivera. Ilustración del artista y muralista @TatuDaels


 

 

Puede sucederte que salgas otra vez al balcón de tu piso cinco, escuches las bocinas, los motores, los pajaritos, y al mirar hacia abajo veas el ficus que aún sigue en su maceta de plástico original, y que mires entonces hacia la bella maceta de cerámica, que sostiene inútilmente un cactus muerto, y digas que bueno, que hoy sí vas a hacer el trasplante porque ya no soportarías otro día de existencia sabiendo que el ficus está en la maceta de plástico con sus raíces aplastadas y el cactus muerto en la de cerámica y vos no haces nada para que algo suceda, mientras tu novia, o tu novio, te pregunta de nuevo cuándo vas a cambiar de maceta el ficus que te regaló.

Y vos nada.

El mundo es igual todos los días porque vos no trasplantaste el ficus. Solo que hay otras dos hojas muertas. Como la estadística de la epidemia, tantas muertes hoy.

Y vos nada.

Puede sucederte que saques el cactus de la maceta de cerámica sin haberte pinchado ni una sola vez, y te preguntes entonces si serás inmune a las espinas, o si no será que tu cuerpo es en realidad de vapor; que andabas muerto, muerta, sin saberlo, que eras espíritu y recién ahora, cuando las espinas del cactus te atraviesan sin pincharte, te das cuenta. Mirás hacia la baranda del balcón y ves el espíritu del cactus flotando allí, en el aire, que te dice bienvenido, bienvenida, quise avisarte antes pero vos no me escuchabas. Pero, de pronto, oís desde la cocina que tu novia, o tu novio, te ofrece un mate, y deducís que eso debe significar que seguís vivo, viva, y te tranquilizás.

Puede suceder que empieces a sacar la tierra de la maceta de cerámica, y escarbes, y escarbes, y nunca llegues al fondo, y el balcón se empiece a cubrir de la tierra que sacaste y que en un momento hayas juntado tanta tierra que te da miedo de que el balcón no soporte y caigas al vacío, vos, el cadáver del cactus, la maceta de cerámica todavía con tierra, el ficus, y mueras allí y te conviertas ahora sí en fantasmita, y el ficus quede sin trasplantar allí tirado en la vereda veinte metros más abajo. Y no vayan más que tres personas a tu funeral por esta mierda de la pandemia.

O puede que cuando creas que ya sacaste demasiada tierra metas tu cabeza en la maceta para ver cuánto te falta para llegar al fondo, y no veas nada, y metas entones también un brazo y tantees en la oscuridad, y estires el brazo y no llegues a tocar nada, y metas parte de tu cuerpo; los hombros, la panza, y nada, y pases la cintura, y no llegues todavía al fondo de la maceta, a donde está la tierra que aún falta sacar, y te apoyes con el pie en el borde de la maceta y te empujes para meterte más y aún no llegues a tocar nada, a ver nada, y te des cuenta de que estás allí enteramente adentro de la maceta, de que hay olor como a una gran cueva, pero que todo está oscuro; y no alcances a tocar nada con las manos y, de pronto, ya no recuerdes qué estabas buscando, y que cuando trates de recordar te des cuenta de que no sabes por donde entraste, ni por donde salir, y cuando gritás no se escuchan ecos, tu voz simplemente se anula en tus oídos, se va, como si no hubiera nada de nada en todo el infinito sideral.

Puede suceder que tu novio, tu novia, te traiga al fin el mate, y le digas que tuviste una visión, que te metías en la maceta y de pronto nada existía, todo era negro y vos estabas allí, por completo sola, solo. Y que él, ella, te pregunte de dónde salió tanta tierra, y vos digas que la sacaste de la maceta de cerámica, y le muestres el cadáver seco del cactus, y le digas que no te pinchó al agarrarlo, que por favor te de un beso que querés sentir el beso para corroborar que no hayas muerto. Y él, ella, se ría, y te de un beso. Y vos no lo sientas.

Pero.

Puede no sucederte nada de eso. Puede ocurrir que hayas sacado el cactus muerto sin picharte, que hayas tomado el mate que te dio tu pareja, y que haya estado rico, y que eso demuestre que aún vivís. Puede que hayas sacado toda la tierra vieja de la maceta de cerámica, que no era tanta, y la hayas mezclado con la nueva que compraste, y llenes un poco de nuevo la maceta y saques al ficus de su envase de plástico y lo apoyes en su nuevo sitio.

Y sientas en tus raíces.

Un sabor de miel.

Qué rico.

Tan rico.

Un sabor de miel que penetra por cada uno de los pelillos de tus raíces. Y mires al cielo y bebas el sol.

Tan rico

Qué rico

Y el aire penetre por tus estomas. Y sientas que tus hojitas nuevas se estiran, se desperezan, se hinchan, turgentes. Que sientas la humedad de tu tierra nueva y ya no tengas oídos para escuchar ninguna bocina, ningún motor, ningún pajarito. Que ya no tengas oídos ni tímpanos. Que todo sea silencio y luz.

Tan rica.

Tan sereno.

Qué rico.

Qué sereno.

Y una nariz, huela el verde de tus hojas.

 

 

Por Santigo Clément // Banda sonora: Francisco Olivera // Imagen de portada: @TatuDaels


 

 

Dejanos tu comentario

 

También te puede Interesar