Para leer, ver y escuchar: `Cosas que pueden sucederte escribiendo a la noche´ - Por Santiago Clément

 

Las musas a veces demoran en llegar; en ocasiones no nos visitan cuando las necesitamos, y vienen cuando no las requerimos. Escribir es a veces como tocar un piano, y tocar un piano es a veces como escribir. Los dos autores de esta pieza entremezclan sus artes para recrear una historia íntima y bella, envuelta en una atmósfera musical poblada de notas únicas. Cuento de Santiago Clément con banda sonora de Francisco Olivera.


 

 

Puede sucederte que estés sentado en la cama escribiendo con la computadora y sientas que el teclado es un piano, que cada palabra que escribís suena como una nota y que, entonces, en vez de estar escribiendo estés componiendo una sinfonía, y levantes la mirada y veas a quinientas personas sentadas frente a vos, en sus butacas, mirándote, exigiendo que tu sinfonía sea magistral. Todos mirándote en un silencio de entierro. Sus rostros quietos, atentos sólo a tus teclas. Y vos, de pronto, no sepas qué más escribir, qué tocar, y pasen treinta segundos, cuarenta, un minuto, y se oiga al fin una toz (un minuto y medio), y otra, y después un murmullo que va creciendo. Y escribas en tu teclado tengo miedo, y una toz suene cercana, y escribas tengo mucho miedo. Que alguien te responda entonces a qué le tenés miedo, y vos escribas a defraudar a las quinientas personas que se han aparecido delante de mí. Y que la voz te pregunte, y porqué irías a defraudarnos. Y vos escribas porque de pronto no sé qué escribir, no sé qué tocar. Y la voz, vos sólo cerrá los ojos y escribí, y que vos le hagas caso, y con los ojos cerrados escribas sobre un prado verde, sobre un mar, sobre amores y pieles, y nada te importe, y al abrir los ojos no veas a nadie allí, en la penumbra de tu cuarto, y te sepas solo. Y leas lo que escribiste y te des cuenta de que nada sirve, de que son todas palabras vacías, notas muertas.

Y selecciones todo el texto.

Y apretes delete.

Y frente a la pantalla blanca, escuches de pronto un chiflido, potente, estridente, ensordecedor y, al alzar la mirada para ver a tus quinientos espectadores no veas nada, más que la penumbra de tu cuarto. Pero, sin embargo, el chiflido allí, potente, en tus oídos, rebotando contra las paredes, apelotonándose en el techo, y cientos de voces exigiéndote que le devuelvas su dinero. Querer cubrirte con el telón de la sábana de tu cama. Ver la pantalla blanca, vacía, sentir todavía el chiflido que permanece, treinta segundos, cuarenta, un minuto, hasta que de a poco se acalla, se convierte en toces, en murmullos, en conversaciones indistintas veladas por el telón de tus sábanas.

Sentir una palmada en el hombro.

Darte vuelta horrorizado, porque sabés que estás solo en tu cuarto. Y no ver a nadie, pero escuchar la voz que dice que no importa, que a veces sucede.

Y llorar un poco.

Y después de un rato enjuagarte las lágrimas y alzar la vista hacia la pantalla, y escribir entonces el poema más profundo y bello que ningún ser humano escribió.

Y dejarlo allí, escondido entre las carpetas de tu computadora.

Sonando su musiquita, para nadie. Para vos, que sos tu único público.

 

 

Por Santigo Clément // Banda sonora: Francisco Olivera // Imagen de portada: Santiago Clément 


 

 

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