Capítulo 1 - Perderse - Otras Geografías por Marcos Martínez

 

 

Perderse  | Otras Geografías 

 

            A la vuelta del Hospital Central subimos al colectivo. El Hospital Central parece de historieta. Maneja una mujer.  Pienso en este libro, en el proyecto, recorrer la provincia, cada día que pasa es un día menos, un día que me acerca al plazo. No hay frenadas, ni por los semáforos, ni por la entrada a la costanera, ni por  paso de Ciudad a Guaymallén. Tampoco hay vueltas cerradas. Si fuera un hombre el que manejara así ni siquiera me detendría a pensar en cómo maneja. En este colectivo se puede pensar porque maneja una mujer. Sube una señora pregunta por el Le parc.

 

            –Llego pero me desvío porque está cortado –contesta la chofera, la señora pasa la tarjeta y se acomoda.

 

            Los pensamientos y el colectivo arrancan de nuevo, es parecido a los de Buenos Aires, el sol de la siesta entra por la ventanilla. Pasé casi todo el invierno en Buenos Aires y algunas semanas de primavera, tres meses. Los días y las noches eran largos, la siesta apenas un recuerdo, una opción que parecía estar a contramano del progreso. Esos meses eran los que tenía pensado desarrollar el proyecto. Me dieron el total del monto que pedí. Sin duda una buena noticia de la que huyo por encontrarme con otra, mi selección en la Bienal de Arte Joven, en la Residencia Pedalúdico. Este colectivo es parecido al 150, que me llevó tantas veces de vuelta a Parque Patricios, solo, con mi compañera y Manu, con Vladimir.

 

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            Al volver, en octubre, las semanas iban pasando, cada día algo de lo que dejé me reclamaba. Siempre me declaré extrañador de casi todo y quise ser consecuente con lo que quedaba del dos mil diecisiete.

            El treinta y uno a las veintitrés cincuenta y nueve salimos de mi casa a dar una vuelta a la manzana con las valijas. No creemos mucho en las supersticiones pero desde que lo hacemos viajamos más lejos que antes. Este año el deber del proyecto me lleva a pensar que lo que tengo que recorrer es un margen o varios de ellos.

            El colectivo se detiene, somos varios los que caminamos por la avenida Mitre en dirección al Le parc, es la primera vez que me pasa, siempre bajé solo en esa parada y siempre llegué solo también, pero ahora medio colectivo viene con nosotros. Nosotros mismos somos una pequeña delegación: Silvi, Manu, Maria Jose, Flavio, Marcos y yo.  

            Le decimos a nuestro hijo que tenga cuidado que puede perderse y sabemos que en algún momento decididamente va a perderse. Todos sabemos que hoy es uno de esos días donde terminará desplegando su desobediencia de niño, ni mi compañera ni yo sabemos bien qué hacer con ella. En la vereda del Le parc se levantan como barricadas los puestos: pancho, choripán, hamburguesas, juguetes importados con luces; espuma, por todos lados espuma, una por treinta, dos por cincuenta.

            Mientras nos abrimos por entremedio de la gente le digo a mi hijo que la regla de oro del carnaval es que no vale enojarse si a uno lo mojan o le tiran espuma, aunque la venganza sí está permitida. Me alegra la marea humana, el vaivén,  la espuma que vuela sobre las cabezas, los niños que corren y que también, de un momento a otro, se perderán. Me alegra ver el Le Parc tan lleno.

            Al entrar empezamos el recorrido como sugieren les curadores de la muestra, siguiendo las flechas azules de contac en el piso. Las flechas sobre la cerámica blanca parece la tapa de un libro de Guy Deobord, instrucciones efímeras que algunes no estamos dispuestes a seguir y que otres despegarán. 

            Los cuadros de Guayasamin parecen replicar las caras que rodean al Le parc. Desde la ventana se ve el cuadro en movimiento, abrazos, maternidades, amantes, rasgos andinos, niños jugando, el trazo de uno y otro cuadro es bien distinto pero en esencia es lo mismo.

            Guayasamin pinta a sus propios espectadores, aunque ellos no lo sepan, aunque hayan venido sólo por el carnaval y no por la muestra, algunos y algunas, por el calor, el baño o por curiosidad, entrarán. Las flechas azules los llevarán a algún cuadro, quizás unos más que otros se sientan reflejados, quizás piensen que esas pinturas sean parte de las cosas de este mundo que no son para ellos, quizás Guayasamin pintó a algún migrante pariente de elles, sin saberlo, de la mima manera que pinta los personajes de este libro, que no sólo es un libro de relatos que pretende una escritura no solitaria sino también un libro sobre las cosas que se piensan mientras se escribe un libro.

            La gente que dejó de comprar el diario los domingos prefiere la representación a la realidad, por suerte, este libro no es sobre ellos.

            Hay gente que vino para poder decir que vino, pasó por la marea con desden, esquivando, pensando que mejor sería el estacionamiento vacío, mejor sería que ese carnaval esté en su sitio, lejos. Otros, como yo, pensamos en las pinturas móviles y las fijas, las simetrías, rostros y abrazos; celebramos todas las formas de la coincidencia. 

            Algunas postales anotadas en un cuaderno que no encuentro: Un caporal pasa con cascabeles en los pies, el chasquido se apaga por las voces de la multitud, nadie zafa de la espuma, ni siquiera yo, las murgas suenan cuando paso a comprar algo para comer, brocheta, pollo, cerdo, chorizo, vaca.

            Toca Banda conmoción, unos pibes juegan al fútbol, los cerros se asoman al carnaval, un pibe con una remera de Nike sube corriendo y riendo, a Oswaldo le hubiera gustado pintarlo, un coro de vecinos se queja de todo, mi hijo prueba sobre mis espaldas los cadáveres de aerosol de espuma que encuentra por ahí, los colecciona, los apila, los descarta, un momento después se pierde. Lo busco solo, mi compañera está más adelante, entre los que escuchan de cerca. No lo encuentro ni por la rampa que usan los niños de tobogán, ni por la escalera, ni por el puente, ni por los canteros cercanos. Flavio y Marcos también se preocupan, camino más allá, nada. Decido decirle a mi compañera, me molesta molestarla, decirle que no dejé de mirarlo hasta que no lo vi más. Nos separamos para buscarlo.

            Los cadáveres de los aerosoles de espuma son las migas de pan que voy siguiendo, decenas de niños juegan al lado de sus familias, me siento más culpable todavía, llego hasta el alambrado buscándolo, pienso que tal vez esté en otro lado, pienso en buscar un lugar alto y camino hacia él, me detiene un empujón a la altura de la cadera, me doy vuelta y encuentro a mi hijo riendo, cargado de aerosoles. Lo reto, lo retamos, él defiende su derecho a juntar aerosoles con espuma porque no hay otra cosa más importante en el mundo que eso.  

            Guayasamin supo pintar su autorretrato con un espejo roto. En sus últimos años diseña y trabaja en la catedral del hombre. Creo que este libro y este proyecto puede ser una iglesia de pueblo del hombre, del hombre y la mujer. Una nueva forma de ser político, diría él. Gaudí tampoco terminó la Sagrada Familia. Toda obra es una obra incompleta. Creo que lo mejor que puedo hacer con esta obra es perderme entre la gente como mi hijo.

 

 

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