Literatura: `Los pies de Celeste Reyna´, de Laura Moreno

 

"Mientras trabajó en la zona, en lo de Cabrera primero, haciendo un pozo negro, en lo del Turco después, la vio todos los días, pero ella jamás dio señales de registrarlo. Siempre linda, con su cabello castaño en la espalda, sus faldas cortas de colores y sus piernas…"


Fue una casualidad que Robledo viera a Celeste Reyna el mismo día que iba del Turco a cobrar la tapia.

—En marzo comienza el movimiento —había dicho el Turco mientras le llenaba el vaso de vino— los chicos comienzan la escuela, los gremios piden aumento, viste Robledito, entra más plata, y ya tendré para pagarte.

El 5 de marzo Robledo se levantó temprano y se juró a sí mismo que de ese día no pasaría. Caminó hasta el teléfono público de la estación y lo llamó. La campanilla sonó diez veces del otro lado del cable, antes del click:

-—Venite —le dijo el Turco— estás de suerte, negro. Tengo la plata para vos. Pero venite hoy — recalcó— porque si esperás a mañana, capaz ya no tenga un mango.

Esperó media hora el colectivo, tras un corto viaje, bajó y caminó por Castro Barros. Al querer cruzar el puente sobre el Suquía, se encontró con una marabunta que bullía en gritos, gestos con el puño y risotadas contra la guardia de infantería que en vano intentaba dispersarlos. Los puesteros del Mercado Central, en pleno reclamo por el traslado, habían descargado un mar de verduras que impedía el paso de los vehículos.

Robledo tuvo que explicar que necesitaba cruzar el puente para cobrar un trabajo. Atravesó el cordón policial con cierta dificultad. Algunos de los puesteros que lo habían visto conversar con los policías y señalar hacia donde estaban ellos, comenzaron a arrojarle tomates. Primero fue uno, que se partió en el asfalto a sus pies después le siguió una lluvia de objetos que no pudo identificar porque cruzaba a paso rápido con los ojos semicerrados y el brazo cruzado sobre la cara. Por la dureza, supuso que eran zapallitos o papas. Apenas podía ver donde ponía el pie y se resbaló al pisar unas lechugas aplastadas como baba verde en los últimos metros antes de llegar al otro lado. A duras penas mantuvo el equilibrio y Robledo, que venía de muy mal humor por varios pasos en falso, miró hacia la bocacalle del puente con la esperanza de llegar más rápido pero cayó hacia atrás y golpeó su hueso dulce con el cordón de la vereda. Las risotadas de ambos bandos acompañaron sus torpes movimientos para ponerse en pie. Dolorido, se dijo que más valía que el Turco le tuviera la plata, porque si no…

Tras varias cuadras encaró la subida de Amado Nervo. Unos metros y descanso, otros metros y una inspiración profunda. En su espalda latía un dolor difuso.

Le faltaba media cuadra para llegar a lo del Turco cuando vio a Celeste Reyna que regaba los geranios: un mechón de cabello sobre los ojos y la punta de la lengua entre los dientes. Llevaba puesto un vestido ajustado en el torso pero suelto en la falda. Había salido descalza al jardín.

Con la manguera en la mano, Celeste vio a Robledo que trepaba la calle como si fuera un árbol vencido. Levantó la mano a modo de saludo y dejó caer la manguera muy cerca suyo, donde comenzó a crecer un charco. Se secó las manos en la falda y le preguntó si tenía unos minutos, que quería hablar con él.

Robledo se detuvo asombrado.

Mientras trabajó en la zona, en lo de Cabrera primero, haciendo un pozo negro, en lo del Turco después, la vio todos los días, pero ella jamás dio señales de registrarlo. Siempre linda, con su cabello castaño en la espalda, sus faldas cortas de colores y sus piernas… unas piernas que soñaba sin poder evitarlo, enredándose en su cintura. Si lo hubieran querido encanar por soñar con ella, iba gustoso. Una vez, le pareció que ella lo miraba. Levantó la mano a modo de saludo pero se quedó como un bobo con gesto de asombro porque ella le dio la espalda, limpió sus pies en el felpudo y entró a la casa. Detrás de ella se cerró la puerta de madera pintada de blanco.

Pero este día era para marcar en el calendario. Sin dudas. El mejor de todos y la subida de Amado Nervo, el mejor lugar del planeta. Al fin ella lo saludaba. Y como si esto fuera poco, también quería hablar con él.

Se acercó con pasos medidos, como si ella fuera un pájaro que pudiera espantarse con un movimiento suyo. Cuando estuvo a un par de metros, le dijo:

—Cómo le va, Celeste, ¿en qué puedo ayudarla?

La mujer sonrió, en los ojos tenía un brillo especial, arrugas concéntricas como un halo de simpatía. Dios mío, pensó, puede sonreír con los ojos. Esta mujer me puede pedir que vaya a pie a buscarle un cabrito a Quilino y yo que salgo a cumplirle.

La recorrió con la mirada, a pesar de que sabía que a ella podía disgustarle. Pero… cómo podía perder esa oportunidad de grabarla en su cabeza así, bajo el sol, memorizar los detalles de sus piernas, su pies…

Celeste Reyna estaba descalza y tenía unos pies hermosos.

El charco de agua crecía y llegaba hasta ella que, sin advertirlo, movía los dedos clavándolos en el pasto. Podía sentir esa piel húmeda y perfumada con el verde. La firmeza de la planta de los pies. Las uñas pintadas de rojo.

Robledo parecía hipnotizado. Seguía con los ojos el movimiento sinuoso del cuerpo hacia arriba al contraer los arcos. Tenían vida propia esos pies.

—Robledo, voy a necesitar su ayuda, ¿está muy ocupado estos días?

—No, justo venía a cobrar un trabajo —contestó Robledo y estiró la mano hacia el piso, en dirección a los pies de ella y la manguera al lado. Se había formado un charco grande y Celeste los tenía casi sumergidos en él.

—¿La molesto si le pido un poco de agua de la manguera?

Celeste dobló la espalda en ángulo recto para dársela. Robledo la recibió y se la llevó a la boca. Cerró los ojos. Tomó con ansias. El chorro de agua salía potente. Sintió un cosquilleo de placer subirle por las extremidades hasta la cintura.

Ella lo miró sorprendida. Se abanicó con la mano izquierda y dijo algo confuso sobre el calor a esa hora y el agua, tan necesaria. Levantó el pie derecho lentamente, acariciando con el empeine la suave redondez muscular de la pierna. Luego escondió los dedos fríos del pie en el hueco tibio detrás de la rodilla. A Robledo lo invadió torrencial, el recuerdo de una canción, los restos de un recuerdo en realidad, el eco de unos acordes y la letra que hablaba de la liviandad de la garza en vuelo. La mujer que tenía frente a él, se sostenía en una sola pierna sin esfuerzo y sonreía.

Como desde una lejana nebulosa la escuchó decir que necesitaba su ayuda para rehacer un revoque. El plomero diagnosticó una fisura en el caño del agua, en la cocina, algo que podía arreglar pero como no hacía trabajos de albañilería y era urgente, “Don Robledo” le dijo, “no sé qué voy a hacer si usted me dice que no.”

Robledo, que miraba el arco musculoso del pie que descendía y los dedos del otro pie que Celeste Reyna estiraba y encogía sobre el pasto, movió la cabeza para acompañar el sí que sonó a suave exhalación. Tragó saliva y preguntó si había problema para empezar hoy mismo. Ella contestó feliz:

—¿Puede ser ahora?

Robledo pensó, si la veo descalza todos los días, con lo que cobre del Turco me doy por hecho.

 

 

Por Laura Moreno* 

* Nació en la ciudad de Córdoba donde reside y trabaja como docente primaria. 

Premios: 

XXII Certamen de Poesía al Mar de Conil de la Frontera, España (2006) 

Certamen de Cuentos “40 Aniversario del Cordobazo” Córdoba (2009). 

Certamen de cuentos de Gral Cabrera, Córdoba. (2020) 

Participó en antologías de autores cordobeses. 

Publicó su primer libro de cuentos en 2016, “Bisagras y escenas finales” en Lago Editora. En 2019 su poemario “Paquidermo”  

Forma parte de  Aeroelástico, Un Colectivo en Movimiento, de narradores y poetas cordobeses y también del Colectivo de Escritores Quinto Elemento, integrado por poetas de diferentes provincias argentinas. 

 

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